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El chorro de luz fue lo primero, y por un santiamén aél apenas le dejó admirar nada: desde la puerta del salón, vuelto a medias haciadentro se disponía a entrar de nuevo, y a vagamente animoso a pulsar unas teclasdel pianoal reconocer a las dos golfas, Manolo se quedó helado: aquello nopodía ser, aquello era sin duda una broma pesada, la suerte negra que persigue alos pobres, no la simple acaso, sino tal vez un aviso, una advertencia que lellegaba desde su propio barrio. No mires los cuadros, son horribles. Él se acercaba al Cardenal, rumiando el sablazo. Si quieres que te diga la verdad, escasamente lasconozco. Ella estuvo un mes sin dirigirle la palabra. Manolo observó que el plato que tenía delante un enorme bistec rodeadode patatas fritas de charcutería apenas había sido tocado. Buscando algo para abrir el garrafa, Manolo abrió el cajón de la mesilla denoche y vio, asomando por debajo de un viejo pasaporte y un manojo de cartasatadas con un bramante rosa, un par de billetes de mil pesetas. La fámula recogió el pañuelo tranquilamente, se lo guardóen el escote y, tarareando entre dientes, se levantó para quitar la mesa. Al pasar dirigió a Manolo una levesonrisa convencional.

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